
Los focos del cabaret
lloraban luces de sombra
y un río negro de rímel
teñía almas fracturadas.
Una grieta de la noche
velaba su sonrisa impar,
deshiló su historia y
estrechó con fuerza
a la niña resucitada
que latía de espaldas
a su existencia.
La promesa de humo
se difuminó en su
viaje hacía la luz.
Una mueca desgarrada
escaló su gesto.
Y el vestido rojo,
las plumas y el carmín
se ciñeron a su espalda,
a su pelo y a sus labios,
para siempre.
