
Almohadillando el ocaso
renombramos lo invisible,
y nos bañamos en verso.
Despertamos llorando en el
hilo que arañaba el horizonte,
lágrimas afónicas y rotas
que gritaban silencios amargos
y ahogaban voces de piedra.
Lágrimas ajenas y propias
que asfixiaban los suspiros
de un sol que se inmolaba
para volvernos a amanecer.
